El cliente que ya le había elegido y se marchó: el coste de tardar en responder

Ekaitz Gordejuela3 min de lectura

Hay un tipo de cliente perdido que no aparece en ninguna estadística: el que le escribió, le eligió mentalmente y acabó contratando a otro porque el otro contestó antes. No hubo un no; hubo un silencio de dos días. Tardar en responder cuesta clientes que ya eran suyos.

Lo que ocurre entre su mensaje y su respuesta

Quien busca abogado rara vez escribe a uno solo. Abre tres pestañas, rellena dos o tres formularios y espera. Ese rato en que ya ha pedido ayuda y todavía no la tiene es incómodo, y el primero que responde con algo concreto se lleva la conversación. No porque sea mejor, sino porque llega cuando la necesidad todavía está caliente.

Por qué tardar en responder pesa más en abogacía

Quien contacta con un despacho suele hacerlo en un mal momento: un despido, una notificación, una separación, un plazo que corre. La urgencia emocional es alta aunque el asunto no sea urgente en términos jurídicos. Un silencio se interpreta ahí como desinterés, y en un servicio que se compra por confianza el desinterés percibido descalifica antes incluso de la primera reunión.

El error de confundir responder con resolver

Muchos despachos tardan precisamente porque quieren contestar bien: leer el correo con calma, valorar el asunto, dar una primera orientación. Es una buena intención con un mal resultado, porque una respuesta útil de dos líneas hoy vale más que un análisis mañana. La primera respuesta no tiene que resolver nada: tiene que confirmar que hay alguien al otro lado, decir cuándo se le atenderá y, si cabe, proponer un hueco.

Qué se puede hacer sin montar un centro de llamadas

No hace falta un equipo de atención. Hace falta que la tarea tenga dueño, con nombre y apellidos, y una franja del día reservada para hacerla. Ayuda también tener escritas dos o tres respuestas base que solo haya que personalizar, y mantener en la agenda huecos apartados para primeras visitas, de forma que quien responde pueda ofrecer un día concreto en lugar de un «le llamaremos».

Un enlace de reserva directa, donde el interesado elige él mismo la hora, elimina de golpe el ida y vuelta de correos para cuadrarla. Es de los cambios que menos cuestan y más se notan.

Qué pasa fuera del horario

Buena parte de las consultas entran por la tarde-noche y el fin de semana, cuando la persona por fin se sienta a ocuparse de su problema. Nadie espera que un despacho conteste un domingo, pero sí que le diga qué va a pasar. Un acuse automático que reconozca el mensaje, indique cuándo se responderá de verdad y ofrezca el enlace de reserva sostiene la conversación hasta el lunes. Lo que no sostiene nada es el vacío.

Cómo saber si esto le está pasando

Coja los últimos veinte contactos que entraron por la web o por teléfono y anote dos fechas: cuándo llegaron y cuándo se les respondió. No hace falta más. Si la mayoría se responde el mismo día, este no es su problema y puede dedicar el esfuerzo a otra cosa. Si aparecen huecos de dos y tres días, acaba de encontrar la mejora más barata que tiene disponible: no cuesta inversión, cuesta decidir de quién es la tarea.

Por qué esto también es marketing

Se suele pensar que el marketing termina cuando el interesado escribe. Es justo al revés: ahí es donde se decide si todo lo anterior sirvió de algo. Pagar por atraer visitas y dejar que se enfríen en la bandeja de entrada es la forma más cara de no crecer. En el cálculo del coste por cliente, ese eslabón es el que más lo mueve y el que más se descuida.

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